Brasilia.- La solución que encontraron los portugueses para explotar las riquezas naturales de Brasil ante la explotación y el exterminio que ejercieron sobre las poblaciones indígenas originarias, fue importar esclavos de Angola, Guinea, Senegal y Benin, sus territorios coloniales africanos, en un fenómeno que tuvo factores eminentemente económicos.
Así lo establece el texto introductorio de la Ley de Igualdad Racial decretada en Brasil en junio de 2010, coincidente con el Mapa de la Violencia publicado en mayo de 2015, según el cual la disparidad entre los números de muertos blancos y negros tiene razones económicas, como en el siglo XVI.
“En teoría, los sectores y áreas más privilegiadas generalmente blancas, tienen una doble seguridad: la pública y la privada”, dice el texto, que también es una radiografía y un diagnóstico social.
Como en el pasado, los pobres -en una sociedad tan injusta y desigual como la brasileña, con índices extremos de marginalismo y miseria-, viven en los suburbios, en las favelas de cualquier ciudad, y son preferencialmente negros, conformándose apenas con el mínimo de seguridad que el Estado les ofrece.
El Mapa de la Violencia 2015 apunta a que las acciones de seguridad pública se distribuyen de manera extremadamente desigual en diversas áreas geográficas, priorizando lugares de acuerdo con el status social de las víctimas; es decir, discriminándolas en términos económicos y sociales.
“Brasil mata en la educación, en la falta de vivienda digna, en la salud, en la seguridad: esta sociedad es una máquina de matar gente”, afirma Débora María da Silva, la madre de Rogério Silva dos Santos, líder comunitario asesinado en el puerto de Santos, estado de Sao Paulo.
Débora es fundadora del grupo “Mães de Maio”, formado después de los asesinatos ocurridos en los últimos años, en muchos de los cuales se han visto involucrados comisarios de la policía, como ocurrió en el pasado con personajes temibles como el multi-homicida Sergio Fleury, jefe de los “Escuadrones de la Muerte”, quien, entre 1964 y 1979, colaboró eficientemente con la dictadura militar.
“Existe la sospecha fundada de que, bajo el pretexto de una limpieza social y el exterminio de marginales de raza negra, las Policías Civil y Militar no han cambiado sus métodos de eliminación de pobres y menesterosos”, acusa doña Débora.
El informe también señala la edad de mayor vulnerabilidad para morir bajo el efecto de armas de fuego: del total de 42 mil 416 fallecimientos por disparo en 2012, 24 mil 882 fueron de jóvenes de entre 15 y 29 años.
El número equivale a 59 por ciento del total, siendo que personas en esa franja de edad son apenas el 27 por ciento de la población de Brasil y, mientras la tasa de mortalidad de una personas de treinta años de edad es de 38.7 por cada 100 mil habitantes, un adolescente de 19 años tiene casi el doble de oportunidad de ser muerto: 62.9.
La población brasileña creció casi 61 por ciento desde 1980; pero las muertes por arma de fuego aumentó 387 por ciento, y entre los jóvenes ese crecimiento fue aún mayor: 460 por ciento y, en cuanto al género, 94,2 por ciento de las víctimas de homicidios en el país, en 2012 eran hombres.
Ni Siria e Irak que viven las tragedias bélicas y las secuelas de prolongados conflictos armados y con la permanente amenaza jihadista, ni tampoco países donde el narcotráfico es un flagelo sin fin, consiguieron superar a Brasil en la triste e insuperable marca mundial de la violencia social.
El país que gobierna Dilma Rousseff con el apoyo de un conjunto de partidos políticos; pero enfrentado a una oposición parlamentaria que dificultan una buena gestión, ocupa la décima primera posición en cuanto a las mayores tasas de homicidio en el mundo: en 2012, fueron 20.7 muertos por cada cien mil habitantes, mientras en Irak fue de 6.3 y en México de 13.6.
Los datos son del Mapa de la Violencia 2015, que utilizó como base una investigación hecha por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que varía entre 2008 y 2012.
Los últimos colocados en esa tabla de posiciones, con tasa 0 por cada cien mil habitantes, son Japón –que registró once homicidios en un año-, Hong Kong, Marruecos y Corea del Sur, mientras el más violento es Venezuela, con índice de 55.4 homicidios cada por cien mil habitantes, seguido por las Islas Vírgenes con 49.7 y El Salvador, con 45.6.
Los diez “recordistas” de homicidios en el mundo están en las Américas, concluye el Mapa de la Violencia 2015, entre ellos Brasil y su población descendiente de africanos, con un sitio destacado que lo ubica entre los primeros cinco sitios, sin variar en los últimos seis años.